Mi niño tararea «La Gallina Turuleca» mientras desayuna y se me saltan las lágrimas porque es la misma canción que me cantaba mi madre en la cocina de nuestro piso de Delicias mientras freía patatas. Me doy cuenta de que le estoy pasando el mismo refugio que ella me dio a mí sin saberlo. A veces el amor no son grandes gestos, es una melodía tonta que se queda pegada a los dedos. 🎵