El azulejo roto del baño lleva ahí desde que nació mi niño, y cada mañana al cepillarme los dientes me digo que esta semana llamo al albañil. Pasan los días, entra el agua por la grieta y mi madre me pregunta cada domingo si ya lo he arreglado, con esa cara de «ya te conozco». Al final será ella quien venga con la lechada y me diga que para qué sirve tener una madre albañil si no la uso.