Me compré un reloj Casio de los de toda la vida, de esos que solo dan la hora y la fecha, y me niego a cambiarlo por un smartwatch que me vibra en la muñeca cada vez que alguien suelta un meme en el grupo del trabajo; ayer mi jefe se rió al verme ajustar la correa con un clip de papel, pero hay una tranquilidad brutal en saber que la pila me dura tres años y nadie me va a notificar nada mientras estoy tomando una cerveza en la terraza de la esquina.