Ayer encontré la pulsera que me regaló Laura metida en el cajón de los calcetines, intacta después de tres años, y me dio por pensar si la guardé porque no supe tirarla o porque en el fondo esperaba que ella volviera a pedirla. Me quedé un rato con ella en la mano, dando vueltas al volante de la furgoneta antes de arrancar, sin saber si reírme de mí mismo o mandarlo todo a la mierda. Al final la volví a meter en el cajón, pero esta vez encima de todo, a la vista.