Entré a esa boda en Miraflores con mi traje prestado y me sentí un jirafa entre poodles, todos con sus copas de espumoso y yo sin saber ni para qué servía el tenedor chico. La novia, una clienta que se tiñe las canas cada mes, me presentó como "mi peluquero, ¡un artista!" y el novio me miró como si fuera el mozo. Me tomé dos copas de golpe y me fui a fumar a la vereda, más tranquilo con los perros callejeros.