El olor a fritanga de la freiduría de la esquina me pilló el otro día en la calle Larios y, de golpe, volví a tener siete años: mi padre esperándome en la puerta con un cucurucho de boquerones aún humeantes, las manos negras de tinta del ticket de la caja y esa media sonrisa cansada que solo ponía conmigo. Me comí la ración entero de pie en la acera, con el aceite chorreando por los dedos, creyendo que aquello era lo más normal del mundo y que duraría para siempre.