Confiar en que mi cuñado Javier me devolviera los 200 euros que le presté "para la entrada del piso" fue mi primer error; el segundo fue creerle cuando juró que me pagaría en cuanto cobrara la paga extra de julio —ahora, cada Navidad, me regala una caja de turrón y me dice que "ya squaremos cuentas". Mi madre dice que el turrón es más dulce que el interés legal del dinero, y no le falta razón.