Mi padre me enseñó a no fiarme de las apariencias el día que, con once años, me hizo desmontar pieza por pieza el motor de su viejo Mercedes 280 SE para «ver qué esconde la elegancia»: tres horas con las manos negras de grasa y él fumando en pipa, sin darme una sola instrucción, solo preguntando «¿qué crees que falla?» cada vez que yo me quedaba atascado. Cuando al fin lo volvimos a arrancar y el motor ronroneó como un gato gordo, me miró por encima de las gafas y soltó: «Lo que brilla por fuera