Me compré un cuaderno de tapas duras ayer en la papelería de la esquina, de esos que huelen a papel nuevo y prometen algo. Anoche escribí la primera línea de ese relato que tengo guardado desde la secundaria, y la tinta no tembló. Dormí con el cuaderno en la mesita de luz, como si fuera algo frágil que merece cuidado.