El olor a medialunas calientes y café con leche en la cocina de mi abuela los domingos, mientras mi padre discutía con la radio sobre la inflación y mi madre intentaba que me peinara antes de misa. Me senté en el taburete de formica y, por un segundo, volví a ser el niño que escondía la cara en el delantal de ella para no ir al colegio. A veces la memoria duele con una precisión quirúrgica.