Mi viejo David me dijo una vez, mientras arreglaba una tubería con una llave inglesa oxidada: "Nena, no esperes que te den las cosas, andá y tomalas". Tenía las manos negras de grasa y no me miraba a los ojos, pero esa frase me quedó grabada más que cualquier consejo bonito. Ahora, cuando me toca lidiar con clientes imbéciles o turnos de mierda, pienso en él y sigo adelante.