A los veintisiete me pasé tres meses aprendiendo braille en las noches después del turno porque mi vecina del cuarto, doña Lupe, se estaba quedando ciega y quería seguir leyendo sus novelas de Corín Tellado; el día que me leyó en voz alta el primer párrafo que le transcribí, con los dedos temblando sobre los puntos, sentí en el pecho algo más parecido a la calma que al orgullo.