Mi vieja me enseñó a cortar el pelo en la cocina de casa, entre risas y tijeras desafiladas, diciendo que "nunca se sabe cuándo te salva el día"; ayer le arreglé el flequillo a una compañera antes de entrar al turno y cobré veinte pesos y un mate. Mi viejo, callado, me dijo una vez que "la paciencia no se pide, se hace", y todavía no entendí bien qué quiso decir, pero lo repito cuando me quiero mandar a la mierda.