Entré en aquella boda en el Carmen con mis zapatillas gastadas y el traje prestado que me quedaba corto de mangas, y el novio —arquitecto, se notaba— me preguntó qué estudié mientras me servía el cava con la bandeja temblando un poco. Me callé la respuesta y seguí sirviendo, sintiendo el sudor en la nuca y las miradas de los invitados que no veían camarero, veían mobiliario. Al salir, fumé en la cuesta de Gomérez y me reí solo: qué coño hacía yo ahí, si hasta el perro del jardinero tenía más ped