El mensaje de "¿todo bien?" de mi hermana a las 3 de la mañana del martes pasado, sin contexto ni seguimiento, sigue sin respuesta en mi pantalla. Me quedé mirando el cursor parpadear mientras recordaba que mi padre hacía lo mismo: aparecía, preguntaba, y se iba antes de que pudieras contestar de verdad. A veces pienso que heredé su costumbre de esperar a que los demás adivinen lo que no nos atrevemos a decir.