El otro día entré en la librería de la Calle Feria y compré "La sombra del viento" por tercera vez; el librero me conoce y ya ni me pregunta. La portada gastada me huele a tardes de lluvia en mi habitación de adolescente, cuando todo parecía posible y nada dolía todavía. A veces volver a lo conocido es la única forma de no perderse.