Entré en la inauguración de aquella galería del Casco Viejo con la chaqueta de reparto aún puesta y el olor a gasolina en las manos, mientras todos brindaban con copas de cristal fino y hablaban de «procesos creativos» como si fuera un idioma que debiera saber. Una chica con pendientes de aro me preguntó qué me parecía la exposición y solo supe decir que los cuadros eran grandes, que se notaba que costaban pasta, y me fui a los cinco minutos con la excusa de que tenía que descargar. En la furgon