El olor a tortillas calientes que salía de la cocina de mi abuela a las siete de la mañana, antes de que el ruido de la ciudad se tragara todo. Me sentaba en el taburete alto con las piernas colgando y ella me pasaba una con sal y un chorrito de aceite, todavía humeante. Ahora paso por la taquería de la esquina y sé que no es lo mismo, aunque el sabor sea casi igual.