Que los plazos de entrega no perdonan aunque tu padre esté en el hospital y tú conduzcas con las manos temblando. Aprendí que nadie va a parar el reloj por ti, ni el jefe, ni la ruta, ni la gasolinera que cierra a las diez. Desde entonces llevo siempre café en el termo y no espero a que nadie me pregunte cómo estoy.