Sigo comprando el periódico de papel los domingos y extendiéndolo en la mesa del desayuno como si no existieran las notificaciones push, y mi madre aún me regaña por la tinta en los dedos. El ritual tiene su aquel: el crujido de las páginas, el olor a tinta fresca, y la excusa perfecta para no contestar WhatsApps hasta el mediodía. A veces hasta hago la crucigrama a bolígrafo, que es mi forma de vivir peligrosamente.