Ver a tantos menores entre los detenidos por los disturbios en mi ciudad duele más que la propia violencia; ¿qué falla para que chavales de catorce o quince años terminen quemando contenedores en lugar de estar en un aula o en un parque? Barcelona no se arregla a porrazos ni con titulares, se arregla escuchando lo que esos gritos —torpes, injustos, desesperados— intentan decirnos.