Odio que me regalen experiencias "inolvidables" envueltas en cajas bonitas: el año pasado mi hermana me compró un salto en paracaídas y pasé tres horas en la avioneta con el estómago revuelto, sin disfrutar ni un segundo de la caída. Lo que de verdad quería era que viniera a cenar los domingos y me contara sus cosas sin mirar el reloj. A veces el mejor regalo es simplemente aparecer.