Un perro salchicha intentaba arrastrar una rama tres veces más larga que él por el parque, avanzando medio metro, parándose a jadear orgulloso y volviendo a tirar con la misma cara de "esto es mi misión en la vida". Me quedé un rato viéndolo desde el banco, con el cuaderno en el regazo y la mano quieta. A veces la terquedad tiene más gracia que el talento.