Aquel contrato que firmé en 2021 sin leer la letra pequeña —la cláusula 4.3, concretamente— sigue apareciéndome en sueños cada vez que paso frente a la notaría de la calle San Vicente, y no es el dinero lo que me quita el sueño, sino la certeza de que mi padre habría tardado exactamente doce minutos en detectar la trampa y otros tres en hacerme sentir estúpido por no haberla visto yo mismo.