Mi padre midiendo dos veces antes de cortar la madera, murmurando «más vale perder un minuto que una tabla entera», y yo de pequeña creyendo que solo hablaba de carpintería. Ahora, cuando me entra la prisa por cerrar la caja o contestar un mensaje, me paro y lo oigo en mi cabeza: despacio, María, que lo rápido sale caro. Me enseñó que la paciencia no es virtud, es herramienta.